Efeméride 29 de agosto: Michael Jackson

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Por Imanol Vazquez, Edición digital de Espacio Pv.
Egresado de la licenciatura en Psicología de la Universidad Iberoamericana Campus León, actualmente realizando la especialidad en Teoría Psicoanalítica. Imanol nos invita a ver las cosas y la cotidianidad desde una perspectiva filosófica y metafórica.

Las efemérides de este espacio fueron ideadas para comentar aspectos y personajes de lo contemporáneo que son observados desde un lugar de relevante atención, atados al mundo en su única condición de compartir un espacio en el candelario gregoriano con el amanecer de esta mañana.

Pienso, que los cumpleaños son tan trascendentales como las vidas de quienes las padecen, y en esta ocasión, hablaremos de un natalicio con “realeza” en su sangre, y sangre en sus manos.

Un 29 de agosto, en Gary, Indiana, Michael Joseph Jackson nacía bajo el techo de una pianista de country y un guitarrista de blues para cambiar la historia de la música por siempre.

Al hablar en esta, su efeméride, quisiera contemplar tanto a la figura icónica del Rey del Pop, como a la persona detrás de esta corona; y lo complicado que resulta marcar las barreras entre uno y otro, especialmente cuando la palabra “rey” entra en la oración. Teniendo en cuenta, por supuesto, que en muchas ocasiones la historia del Rey, suele ser la historia de sus tierras y su gente.

La vida de Michael inició en un tiempo y espacio que difícilmente pueden ser mirados con ojos de añoranza. Entre los conocidos abusos físicos y psicológicos por parte su padre en función de las presiones por formar el grupo musical “Jackson 5” y el despertar de los movimientos por los derechos civiles, ocupar una posición bajo los reflectores siendo un preadolescente afroamericano puede solamente intensificar las vivencias y las expectativas que para detrimento o gloria propia fueron puestas en el joven Michael.

Su trayectoria, claro está, resulta inapelable como una de las más prolíficas en la historia de la industria musical, y en paralelo, la transformación del estilo, el sonido y la apariencia de su creador fueron respondiendo y ajustando sus “tonos” para dejar crecer poco a poco a una imagen tan increíble por singular en talento, como influyente por enigmática.

Después de una década de su muerte, aún se comentan aspectos íntimos de la vida del cantante, productor y bailarín norteamericano; las causas finales de su deceso, la fortuna estimada que su labor (incluso póstuma) continúa generando, las múltiples alegaciones en su contra, las modificaciones corporales a las que se sometió…

Y la lista podría continuar hasta contener un “Top 100” reconocido por Billboard si se hablara de la cantidad de revistas, documentales y programas de entrevistas (sin hacernos de ojos ciegos a esta misma entrega como una pestaña más en este listado) que han buscado capitalizar con el fervor para con estas imágenes.

Es ahí donde resulta interesante hablar de la vida y la muerte de Michael Jackson, cuando se mira como un relato que inspira sentimientos en millones de corazones, que fue vendido y comprado como emblema y tirano, cuyas letras demandan movimiento del cuerpo y la emoción. Poco más se puede esperar de un Rey.

La historia de Michael, el hombre, es la historia de una transformación que no supo cuando detenerse, posiblemente porque le fue permitido hacerlo. Fue una historia donde el rechazo y la fama colocaron una semilla de discordia entre el deseo y la materia que daba lugar a los medios para saciarle.

Michael fue un hombre afroamericano con fama y fortuna que deliberadamente extirpó de su cuerpo una de estas tres condiciones en medio de historias y rumores, pero que de alguna u otra manera, supo maquillar una realidad de su pasado.

Resulta siempre interesante contemplar a aquellos cuyas palabras imponen y reflejan realidades, y en la eterna pregunta de la curiosa relación entre el arte y el poder, Michael ocupa un lugar particular.

La historia de la tierra que le nombró rey es una historia donde de igual manera se han intentado maquillar las realidades del pasado.

Resultaría ilusorio intentar trazar una línea directa de paralelismo entre la historia completa de los Estados Unidos de América y la vida del cantante, podría incluso estimarse correcto el argumento de que esta ilación posiblemente sea irresponsable. Sin embargo, esta es una efeméride, donde se da lectura a todas las cosas que parecen mal estampadas en un fondo colorido.

Y en esta efeméride, argumento que al menos en cuanto a “símbolo”, la imagen icónica de Michael Jackson resuena similar a un aspecto particular de la historia de su nación, ambas haciendo eco de una imagen insostenible que luego es vestida de flores para ser producida en masa sin atender directamente a las causas de su transformación.

No quiero resumir la vida de Jackson a las modificaciones de su dermis, sin embargo, pienso hacer evidente las ramificaciones que existen a nivel estructural (en el individuo y en la sociedad) cuando el pasado es simplemente tapado con un tanto de pintura.

Las virtudes y carencias del sujeto se ven en el arte, y las virtudes y carencias del colectivo se ven en el poder; y ambos se persiguen el uno al otro sin querer admitir que son la misma cosa.

¿La vida imita al arte o el arte imita la vida? Y a todo esto, ¿la vida de quiénes?

¿La vida de quienes cuentan con poder son las relatadas por el arte? ¿O el arte otorga poder para relatar la propia vida?

La respuesta puede ser tan complementaria como irrelevante, y bastaría con entender la relación entre ambas como una que ahí se palpita con el potencial de guiar la realidad hacia donde su significado (presente en el signo y el ícono) y de tal manera su intención, lo contemplan posible o necesario.

Contemplar los límites de lo posible es un cometido del pensamiento, el arte y la ciencia, y la posibilidad dentro de los límites, o la existencia de límites en sí como necesarios, es un cometido que se le otorga a la posición de poder.

Ahí la sutil diferencia entre arte y poder, entre las paredes de Neverland Ranch y la Oficina Oval.

Uno se mueve y se ajusta a la historia como representación de lo que cree posible, siendo así muestra de la libertad.

Otro se mueve y se ajusta a la historia como representación de lo que cree necesario, siendo así muestra de la posesión.

Bailando entre ambos, portando una corona y caminando en la luna, está Michael: el ícono de la lucha racial y ambiental, el depredador, el hombre. Acompañado de una constelación inmensa que conforma el tapiz de quienes han creado las palabras y los sonidos con los que el corazón y la mente interpretan al mundo.

Leyes y canciones nos obligan a mover las piernas por igual.

Para bien o para mal (y para lo que sea que estos signifiquen), las palabras que son trazadas y enunciadas con aquellos a quienes les atribuimos colectivamente la licencia para hacerlo, tienen peso en la realidad de lo difuso, o bien, juegan un papel para propiciar lo difuso de la realidad.

Las figuras de lo claro y lo obscuro entran y salen de las representaciones para modificarlas y dejar claro que nunca hubo tal ilusión de la claridad o la tiniebla en el fenómeno humano; y esto las hace dignas de admiración, al servir de referentes para lo posible dentro de las luces, para entender lo necesario e inescapable de las sombras, al consolar los propios grises como acompañados.

Los grises también componen lo cotidiano de las efemérides y permiten su colorido despertar.

Hoy cumpliría años el Rey del Pop.

No estoy seguro si este escrito es de manera estricta una celebración del ícono o una discusión de lo reprobable del hombre; ya que ambas verdades pueden coexistir como estoy seguro de que lo hacen en las miles de almas que alcanzó a tocar (retruécano inintencionado).

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