El amor en los tiempos…

A: Jesús Caso F: 07-07-2016 P: L: Pamplona. Torre Basoko T: Fuegos artificiales

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Por Imanol Vazquez, Edición digital de Espacio Pv.
Egresado de la licenciatura en Psicología de la Universidad Iberoamericana Campus León, actualmente realizando la especialidad en Teoría Psicoanalítica. Imanol nos invita a ver las cosas y la cotidianidad desde una perspectiva filosófica y metafórica.

Son contadas las ocasiones en las que he intentado escribir historias de amor.

Por una u otra razón, no parezco encontrar las palabras para expresar en la ficción mi sentir, ni encontrarme en las palabras o tan siquiera encontrar de las palabras algo que se sienta en realidad.

Mis prosas tienden sin intención arbitraria a caer en lo meloso, en lo cliché e incluso en lo vulgar, en lo que tiene muchas palabras pero ninguna se siente sincera, ni renunciada ante la totalidad de lo que existe como parte de uno y uno como parte del todo. En otras palabras, ninguna que llegue a sentirse sonada como “amor”.

Para saber hacer historias de amor, hay que no sólo conocer el amor, pero saber fingirlo.

El trabajo de la ficción no es otro más que el de construir posibles todas las mentiras que no pueden darse completas en esta sopa de palabras y significados para toda roca y creatura que hemos llamado nuestro “tiempo” (ilusionados en pensar que puede ser siquiera nuestro eso que no opera en la lógica de posesión), caldo de las verdades y leyes que dan portada al “texto” del que se desprende nuestro contexto.

La pluma que se dispone a crear otras realidades es una que ha entendido lo que se espera en el mundo, y decide aportar una alternativa propia.

El autor, siempre decide mentir y contrariar las verdades.

Maestros del disfraz, que esconden tras un par de palitos y bolitas universos completos.

De verdad, son pocas las ocasiones en las que he intentado escribir historias de amor.

Porque quien escribe historias de amor, sabe lo que se espera del amor, lo conoce y lo entiende porque se ha sumergido en su sentir, ha sentido los mundos que se hacen posibles mediante la metáfora del “amar”. Y no conforme con su suerte singular y privilegiada posición, opta por mentir, y opta crear una alternativa “otra”, incluso ante sus propias expectativas.

Es valiente quien narra historias de amor.

Casi tanto como quien se abre a vivirlas.

Los tiempos del Cólera algo despertaron en un hombre colombiano de tal manera que pudo idear una ciudad sin nombre donde la historia ha logrado encontrar una de las tantas bellezas que se esconden en el oleaje de este verbo sentido, “a-mar”.

Los tiempos de los virus y bacterias, de la sombra y lo incierto; en resumidas cuentas los tiempos de lo invisible, obligan siempre a reajustar la mirada para poder distinguir la diferencias que quedan una vez que ha pasado la tormenta.

Abrirse a la transformación, a la aceptación de lo distinto, disponerse a distinguir lo ajeno como común, son también cualidades del amor.

Bellas mentiras todas, que contradicen las verdades del miedo y la soledad, siendo resguardo de los momentos cuando se viven como certezas.

El amor, para ser verdadero debe encontrarse del otro lado del río, atravesando y desalojando la mentira que golpea los costados.

El amor no entiende de medios donde no entre el juego el cuerpo y la carne. Así como la carne y el cuerpo buscan las vivencias donde más puedan disfrutar de sí, como la cancha, la pintura y la textura, la cama, el agua y el calor.

Codificados los lenguajes por los que debe operar la lengua para abrirse panorama, porque el amor se siente real hasta que se enuncia. Cuerpo y palabra se van persiguiendo, como bailando.

El amor no entiende de la distancia, ni de lo social. Ni de Zoom.

El corazón no es de quedarse estático en su mismo lugar incluso cuando el cuerpo completo es ordenado a estarlo.

Desde la distancia los afectos no han dejado de moverse entre las pantallas, los mensajes y los videos. Muchas palabras se usan para atar las promesas y desanudar las pasiones, aunque tengan que cruzar el aire a bordo de ondas invisibles, siguen llegando a millones de ojos que extrañan, que aman. La mirada siempre encuentra la manera de buscar a quien le busca para así regresar, completa.

Les he dicho, que no soy de escribir historias de amor, es por eso por lo que limito hasta ahí mi listado de los ejemplos que posiblemente se viven replicados, día con día, entre los muros y murmullos de los corazones que ahí habitan.

No soy de los que inventan historias de amor.

Soy de los que aman las historias que se pueden inventar.

Soy de muchas palabras, algunas renunciadas a la totalidad, otras sinceras, pero ninguna de ellas crea alternativas propias del amor. No hemos inventado nada, nosotros que nos atrevemos a buscar domar la palabra. Todo ya se ha vivido, y en muchas otras lenguas se ha contado.

El autor está muerto porque decide mentir y contrariar las verdades mientras está en vida.

El autor está para nombrar los males, desenmascararlos y llevarse la cabellera al derrotarlos haciéndolos visibles al público conocedor; las bondades en cambio, junto con sus miles de alegrías y verbos sentidos, son producto, canto y letra de lo cotidiano y del silencio.

Nuestros tiempos, son los tiempos donde lo cotidiano se transforma, dando paso al silencio. Vivimos los tiempos semilla del amor.

Si he de escribir del amor, será mi papel entonces hacer con la pluma malabares y piruetas para tambaleante intentar colocarlo sobre la lona, porque nos han mentido sobre como se “ama”.

Alguien nos vendió la idea del amor como “Lo Bello”, y la compramos con alto interés; ahora nos vemos como quien debe todo, que por más que tomemos de la última compra, simplemente no alcanza para dar abasto.

Hablar de amor no es soltar adjetivos en rima ni de transformar así al sujeto en objeto que es “calificativo”.

Hablar de ser vulnerable, del dolor, la angustia, lo inevitable, la fatalidad y la redención; hablar de los silencios, en fin, también es un lenguaje del amor.

Poner en con-texto lo que siente el cuerpo, la carne y el corazón, rendirse incompleto a la mirada, es amar.

Los demás fugaces destellos que alumbran el trasfondo de la tragedia, son de lo que se componen las historias de amor. Los fuegos artificiales resuenan en medio de la oscuridad, son el momento más recordado y el feliz final para la noche de bodas.

Son contadas las veces que escribo sobre fuegos artificiales.

Soy más del crujir de la fogata.

Y a la distancia, puedo ver columnas de humo que desenmascaran presentes a los fuegos que van dando calor en estas nuestras noches oscuras donde la pérdida, la despedida y el miedo se aglomeran en los pavimentos, obligando al resguardo en los espacios de lo íntimo .

Cierto, la muerte puede que esté obligando a contemplar la vida de una manera donde es posible amar ante el rostro del miedo, pero es necesario establecer que no exista nada ama-ble de las condiciones que actualmente nos motivan a ajustar la mirada.

Ante todo, resulta menester traer al presente la memoria de quienes no estarán para ver la luz detrás de estas nubes.

Es necesario hablar de estos silencios.

Si hemos de resistir con amor al contacto de la muerte, hemos de iniciar reconociendo lo inevitable del dolor que atraviesa a quien se renuncia frente a la totalidad.

Si pretendemos construir alternativas propias del amar, entendamos lo que el con-texto espera de este. Vivimos los tiempos semilla del amor humilde, que persiste ante la ausencia, que se sabe incompleto.

Cuando pase la tormenta, el suelo será fértil.

Necesitaremos cosechar amor, para reencontrar los tiempos de la paz.

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