¿Es guapo y poderoso, o sólo estamos aburridos?

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Por Imanol Vázquez, edición digital de Espacio Pv.

Mucho hemos visto los rostros que hacen frente en las primeras líneas de combate al enemigo sin cara que recorre los rincones de nuestro mundo y nuestros cuerpos, sin embargo, uno ha destacado entre la multitud. Uno que, con sus precisos movimientos, ojos verdes, canas y estilo, ha logrado cautivar las miradas de un público sediento de contacto y con hambre de referentes.

Me refiero, por supuesto, al número creciente de publicaciones, stickers para Whatsapp, memes, sabroseos y demás albures que empiezan a aparecer en mi timeline de Twitter cuando el reloj marca las siete, y nuestro Subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud, el Dr. López Gatell, aparece en millones de pantallas a lo largo del país para presentar su actualización diaria en materia del Coronavirus, e informar sobre las medidas que dispondrá la administración federal para la contención y atención de lo que parece ser la pandemia más grande en un siglo de historia médica.

Resulta un poco extraño el iniciar un párrafo hablando sobre los atributos físicos de un servidor público, y terminar con la sentencia sobre una pandemia de volúmenes sin precedentes en la historia moderna, pero esto es un signo de los tiempos en los que nos encontramos envueltos.

Donde estas actitudes son aplaudidas por cientos, dado el timbre humorístico que supone la yuxtaposición de mirar con ojos de lujuria a un funcionario federal desde el sillón en el cual justamente éste nos ha encomendado quedarnos.

Pero sus atributos, aunque objetivamente atractivos, evidentemente notorios, deliciosamente maduros, ¿son suficientes para explicar la manía que ha desatado en redes sociales todos los días a eso de las siete de la tarde? 

O ¿acaso existe algo más ahí? Algo que nos remita a esta extraña y erótica relación con aquello que se mueve en quien habita el poder, y quien le padece.

En otras palabras; el poder siempre nos seduce, siempre hay algo ahí que nos invita a acercarnos y a desear que su palabra se extienda en nuestro actuar, porque debemos entender al verdadero funcionamiento del poder como una estructura que atrapa a quien se deja atrapar, a quien quiere habitar el dulce cautiverio de su protección. No lo confundamos con la coerción, la violencia y el puño, que por años hemos sido obligados a entender como el modus operandi de quien se sienta en la temible silla que Zapata titubeó en quemar. 

Bien nos lo decía el célebre esposo de Elena Garro, Octavio Paz, cuando en el Laberinto nos habla de la historia de los dirigentes de México, o bien Tlatoanis o Caudillos. Pero cuando en tiempos de crisis, quien fue votado Tlatoani se dedica a saludar de mano a la madre y abuela de Caudillos, las máscaras se caen y parecen difuminarse los límites entre una y otra.

Sin embargo, quienes votaron al actual portador de la banda y ocupante de la silla, lo hicieron con esperanza de construir una nueva cara de la nación, para dentro y para fuera, un rostro transformado, fundado en los cimientos que dan sentido a un pueblo que renace desde lo vencido, como un intento por zafarse de un yugo que siempre parece doblegar el cuello mexicano, una carga sin nombre en singular, pero tatuado de nombrares, sangres y silencios, sólo para descubrirse pesado, y arrastrando con la espalda lo que se presume como nuevo, pero el cuerpo resiente familiar.

Hubo algo que atrajo a millones, algo que sedujo al voto de la mano mexicana que se mueve con el ritmo de la víscera y la creencia, podríamos cuestionarnos sobre dónde quedó ese algo, pero lo que vemos en distintas manifestaciones, es el mover de la misma mano buscando levantar la máscara que de nuevo se le cayó al de arriba.

Ese mover puede que sea el mismo que sintoniza las palabras de López Gatell, y que de alguna manera busca colocar una máscara que bien sabe no cabe del todo, pero aún así desea que pudiera quedar fija.

Sin tanta poesía, pareciera que el votante mexicano busca volver a enamorarse de ese sentimiento que lo llevó a las urnas creyendo en Obrador, y que ante la desilusión de lo que se leía como un proyecto de nación revolucionario, de cambio inmediato, de bienestar y armonía, busca colocar sobre el Dr. López Gatell la digna esperanza que le movió a las calles en Junio del 2018, sobre una nueva figura que se siente a la altura del momento, que se siente como resguardo ante la profanación del suelo con la planta de un extraño enemigo. 

El nombre de López Gatell resulta ser uno de los ganadores en esta lotería que llamamos la gimnasia nacional, que coloca enérgicamente todos sus afectos por sobre el poder en turno, ora saco de boxeo, ora manta y peluche. 

La diferencia es que está guapo. 

Hay otros rostros que forman parte del movimiento, que ocupan incluso posiciones de poder aún más importantes. Pero elles no están guapes. 

Entonces cuando se es guapo, inteligente protector, y además confiere un poder que manda sobre el cuerpo, la respuesta de atracción no es más que “natural”. Pero ese algo que motiva las miles de manos a postear sus halagos, parece dejar un sabor dulce amargo, un sabor que siempre quiere querer, pero que se duele cuando la realidad no se lo permitió.

¿Es entonces el atractivo de López Gatell, su condición como posible portador de las esperanzas de la 4T, y las dinámicas de poder como extensión de la subjetividad que enmarcan su posición?

Tal vez sí, pero puede que no sea así. 

Puede que esté diciendo pura habladuría, ya que verán, llevo varios días encerrado. 

Posiblemente al utilizar términos semi pretenciosos y juegos de palabra con partes del himno nacional sean mi manera de hacerme más llevadera esta pesadez del escenario en el que nos hallamos repentinamente. 

Nos encontramos en un momento distinto a lo que muchos hemos experimentado a lo largo de nuestras vidas, un tiempo de incertidumbre, de miedo y de golpes críticos a distintas instancias de lo que entendemos como sustentos de nuestro mundo organizado (sistemas económicos globales, estructuras de poder y cooperación nacional e internacional, por mencionar algunos). 

Además, de que se nos ha encomendado una tarea posiblemente imposible en su propia paradoja, una condena de lo cotidiano a la nimiedad y lo ligero en medio de lo trascendental, lo histórico y lo denso. 

La imposición del resguardo que hemos venido acatando desde diferentes sectores de la población a lo largo de estas semanas, es referente del compromiso que puede ser asumido por los ciudadanos de pie como colaboración a los esfuerzos en pos del detrimento de la situación, como glóbulos blancos todos debemos de aportar a la lucha contra el virus desde nuestras trincheras, como soldados de cabo raso nos enfilaremos a la espera de la caballería; en pants y playeras viejas inventando espacios en la sala para hacer “home-office”, pero listos para la batalla.

Nuestros espacios de lo íntimo fueron confinados a la mezcla, con los espacios de lo turbio de un afuera que no existe por ahora, pero que tendremos que fingir que aún nos sostiene. 

De una u otra manera, esta ligereza que nos recubre el cotidiano, que solía ser nuestro escape de lo pesado del afuera, se ha vuelto una máxima que rige de manera ambivalente un momento donde puede existir la posibilidad de que sentarse en el sofá por un par de semanas podría salvar al mundo. 

Posiblemente. 

En estos días, se puede respirar un ambiente con un dejo a “no sabemos”, un “es difícil saber con certeza”, un “habrá que ver”, donde las lógicas del hiperconsumo contemporáneo de la inmediatez, de la certeza de un “aquí y ahora” parece haber perdido algunas casillas en el tablero, y se tendrán que volver a rolar los dados, pero por una mano ajena a todes nosotres en esta ocasión.

En estos tiempos del sinsentido, o mejor dicho, en este retorno a los tiempos del sinsentido, los humanos solemos encontrar respuesta en la creación de símbolos que sustituyan ese puesto de “lo verdadero” que parece haberse caído, buscamos redefinir lo que entendemos como sentido, y quizás cambiarlo por uno que no se pierda tan fácil.

Solemos crear íconos y símbolos que nos reconforten cuando nos hemos topado con el límite de nuestras explicaciones para el mundo.

Los humanos contamos con esta facilidad de la creatividad donde, literalmente, podemos crear espacios o adueñarse de alguno que ya existía para hacerlo propio. Tanto espacios externos como internos, cabe aclarar. 

Se le puede hacer un espacio en la rutina al juego y al ocio en lo que antes entendíamos como un horario apretado, se pueden crear gimnasios en las habitaciones, pueden surgir columnas en medios digitales, o aviones hechos con hojas de lo que se pensaba era un papel importante para el trámite del banco. 

Se puede crear un espacio en la subjetividad para que se geste algún tipo de agrado por quien lleva el mando. 

O tal vez, solo sí está muy guapo López-Gatell. 

Sin embargo, su sex appeal ha coincidido surgir a gran escala en un momento donde tantos, como yo, no tenemos tanto que hacer, y nos hemos dispuesto a buscar encontrar las piezas que armen nuevos íconos, o incluso sea que tenemos ganas de querer creer que es posible ser habitados por un sentimiento distinto al del yugo de Caudillos y Tlatoanis. 

No estoy muy seguro si es guapo, o si sólo es poderoso, o si sólo estamos aburridos, pero me reconforta saber que ante la cara de la muerte y la nada, incluso puede surgir un pequeño espacio para que como especie sigamos buscando protectores maduros y atractivos. 

Me reconfortan los actos humanos, y sobre todo los demasiado humanos como estos, que me recuerdan que es posible que algo surja, me reconforta que aún no nos abandonemos ante la nada. 

Porque ¿cuándo ha sido el abandono la respuesta ante la nada? 

Nunca.

Escribiendo estas líneas, no puedo dejar de pensar que nada de esto es realmente nuevo, en la historia humana hemos sobrevivido a episodios de catástrofe y pandemia similares anteriormente, sí, en nuestra época tenemos distintos medios para la proliferación de los efectos que surgen a partir de esta situación (indicadores económicos más complejos, medios masivos para el contagio, entre otros), pero la situación en sí, ya ha dado antes sus vueltas por el sol. 

Me pregunto ¿cómo se habrá llamado el doctor guapo que atendía a los pobladores de Hamburgo durante la peste bubónica? 

¿Habrá existido algún atractivo sanador en Kansas en tiempos de la gripe española? 

Seguramente, pero ninguno de ellos tiene sus propios stickers de Whatsapp. 

Al final sólo podemos ser una cosa, y esa es ser humanos.

Y los humanos estamos acostumbrados a dejar que las cosas crezcan de entre la mierda, muchas veces de entre nuestra propia mierda.

Posiblemente no venga en esta ocasión un renacimiento de la cultura, primero tendrá que venir la muerte y su máscara terrible, pero tengo que cerrar mis reflexiones con un pensamiento demasiado humano, algo en mí se siente obligado a creer que algo nacerá. 

Algo, en algún lado, en algún alguien, pero algo nacerá. 

Mientras tanto, el internet estará esmerado en que eso que nazca, sea un centenar de hijos del Sub-secretario.

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