La culpa no era mía

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Somos testigos de una época que va a traer importantes cambios en el futuro próximo. Tal parece que con el pasar de los años el hartazgo social por la incapacidad de nuestros gobernantes, por el incremento en el número de muertos y desaparecidos encuentra su catarsis en manifestaciones cada vez más enérgicas, las manifestaciones feministas son más frecuentes y el nivel de exigencia al gobierno es mayor; han llegado al grado de vandalizar monumentos históricos y patrimonio de la sociedad (principalmente en la Ciudad de México) eso sin mencionar las agresiones que se han realizado contra varones que se encontraban en las inmediaciones de las marchas.

El ya famoso término de “feminazis” no se hizo esperar en numerosas publicaciones en Facebook y Twitter de un abundante número de personas que estaban indignadas por las pintas y daños a los monumentos históricos que, probablemente, nunca han visitado y desconocen su origen.  La realidad es que las redes sociales nos dan la oportunidad de convertirnos en jueces de nuestro propio universo y despotricar contra quienes no piensen igual, nos hemos vuelto “opinazis” en un espacio que permite un micro fascismo ideológico.

Como licenciado en Historia no se puede negar que es perturbante ver los monumentos históricos de la nación con pintas, con fuego, siendo destruidos con martillos o que meses de restauración se vean reducidos en unos cuantos minutos. Sin embargo, también como historiador soy consciente de que ninguna verdadera revolución se llevó a cabo con tuitazos o con publicaciones de redes sociales. No imagino a los criollos que estaban relegados a un segundo plano en la vida pública y política de la Nueva España  manifestar su desacuerdo porque el pípila –apegándonos a la versión de la historia oficial- se acercó a la puerta de la alhóndiga de Granaditas y le prendió fuego, seguramente algunos grupos más conservadores que no querían perder su estatus pudieron haber creído “esas no son las formas”.

No imagino a la población de Francia en 1789 después de meses en crisis alimentaria detenerse porque la Bastilla que era símbolo del despotismo ilustrado iba a arder en llamas, mucho menos después de que María Antonieta les contestara a la población “que coman pastel” ante la crisis de trigo que llevó a que se escaseara el pan. No imagino a la población quejándose con “La Bastilla es un monumento histórico, ¿qué culpa tiene?”

No hago apología del uso de la violencia, sin embargo las manifestaciones que se han realizado han sido orilladas a tomar estos tintes porque no se ha visto ningún resultado de las manifestaciones pacíficas. Las manifestaciones pacíficas han servido más de burla que desvirtúan el movimiento feminista, como ejemplo recuerdo a la joven estudiante de la Facultad de Artes Visuales de la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL) que  en medio de una manifestación comenzó a bailar como forma de recordar a todas las victimas de feminicidio en su estado. La manifestación fue ridiculizada, convertida en meme y además se desvió la atención del tema central de su protesta.

Recientemente una situación parecida la hemos encontrado en la canción “un violador en tu camino”. Este himno feminista de origen chileno generó más burlas que un impacto positivo en los opinazis; porque ha sido objeto de ediciones, de burlas, de ataques y sobretodo de memes que desvirtúan el objetivo principal de la canción creada por el colectivo feminista Las Tesis. Tal parece que las manifestaciones pacíficas nos funcionan como un objeto de burla y que desvía los objetivos de la misma y por contraparte las manifestaciones con un tono más enérgico nos indignan porque dañan un patrimonio que desconocemos y que los medios de comunicación nos han hecho creer propios. Si desde nuestras trincheras no hacemos nada por buscar un mundo más seguro y que modifique un antiguo régimen patriarcal tampoco evitemos que quienes sí quieren lograrlo luchen por mejorar sus oportunidades. Solo bastaría preguntar a nuestras hermanas, mamás, novias, amigas, esposas, primas o abuelas la cantidad de veces que han sido acosadas, abusadas o incluso violadas para tratar de ser un poco más empáticos con los movimientos feministas y comprender la molestia en sus manifestaciones.

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