Lo(s) Olímpico(s)

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Por Imanol Vazquez, Edición digital de Espacio Pv.
Egresado de la licenciatura en Psicología de la Universidad Iberoamericana Campus León, actualmente realizando la especialidad en Teoría Psicoanalítica. Imanol nos invita a ver las cosas y la cotidianidad desde una perspectiva filosófica y metafórica.

Debería de ser nula la sorpresa del amable lector que sigue estas pobres líneas, cuando a estas alturas del partido vuelvo a afirmar mi grata pasión por el deporte; y si esta fuese a ser la primera impresión de usted para conmigo, es tan bien recibida esta admiración por las disciplinas físicas, que me considero orgulloso que sea una de las primeras cosas que escucha usted decir sobre mí.

Otra cosa que debería saber, es que gusto de sentarme a pensar demasiado las cosas en los momentos menos indicados para sentarse a pensar las cosas.

Un día de estos, como cualquier otro, me senté a jugar FIFA, y me puse a pensar entre otras cosas; en el mediocre jugador que soy.

Mis habilidades se limitan a los estándares reservados para nosotros, quienes sólo hemos ganado la Champions con Barcelona (obviamente) o el mundial con México (obviamente) en nivel intermedio. 

A decir verdad, tampoco me apena admitirlo, en un mundo donde se han logrado capitalizar incluso los pasatiempos más triviales e inservibles; ser pésimo en FIFA no es motivo de vergüenza, en cierto modo aún puedo disfrutar de mi juego y la ligereza que su frivolidad ofrece sin los cometidos de la competencia o la producción como adheridos a mi tiempo como límite, meta y motivo.

Puedo solamente sentarme a jugar FIFA.

Pero no puedo sentarme sin ponerme a pensar demasiado las cosas.

Se me van ocurriendo poco a poco cosas que de importancia tienen poco muy poco, como las mejoras a realizar en mi alineación o las alternativas de ataque y defensa disponibles ante la formación del ficticio rival; cómo apretar el botón para pasar mejor el balón entre líneas, cómo la moderación del arranque y la aceleración de mis delanteros es clave para poder vencer al rival.

Me puse a pensar en que el controlar que tan rápido se desplaza uno, es una parte crucial para aprovechar el espacio que se tiene, y en estricto sentido, el mejor aprovechamiento del espacio infiere el mejor empleo del tiempo.

Pocas cosas existen más humanas que pensar que existen mejores o peores maneras de “emplear” el tiempo.

Todos nosotros, esclavos del sentimiento que despierta al contemplar el misterio que hemos descubierto sobre la vida (su final), aprendemos cómo hacer más llevadero el ser que se sabe de estas prisiones cargado.

Los adolescentes que ganan la vida jugando FIFA y los jugadores profesionales casi tan adinerados como ellos, al parecer han descubierto una manera efectiva para emplear el suyo.

Aun así, condenados todos a pensar al tiempo como mejor aprovechado “acá” que “allá”.

Admirados suelen ser quienes logran vencer esa última barrera de dominación, laureados los de los mejores tiempos, dioses quienes logran vencerlo.

Esta, es la esencia de lo que se entiende como deportivo. El dominio del hombre sobre sus tiempos, sobre sus propios límites, y sobre su propio final.

Jugar FIFA en un sillón, mil disculpas, no es tan deportivo a mis ojos, y agradezco que los multitudinarios torneos que le reconocen como tal, sigan distanciados de ser reconocidos por ahora como un deporte “real”.

Son una manifestación de destreza dactilar y mental, y poco más.

Pienso que existen maneras en las que puede ser físicamente representado el dominio del ser sobre sus limitaciones más complejas que superando un intricado algoritmo computacional, pienso además que no soy el único ni el primero (obviamente) en considerar esta discrepancia entre los e-sports y los deportes.

Tanto se puede discutir sobre los modos en los que decidimos jugar nuestros juegos y tomar como certeras sus reglas.

Fortuna la mía al toparme con la existencia de la Carta Olímpica, documento en existencia oficial desde 1908, donde se recuperan los estatutos, protocolos, y demás aspectos fundamentales para establecer una serie de encuentros como “Juegos Olímpicos”, donde son coronados los mejores y más hábiles, donde se declama, escucha, ve y reconoce (por una otredad “oficial”) a quienes triunfan sobre los límites del espíritu humano.

En el deporte, aún rige lo Olímpico como “mejor” referente de sí.

Énfasis en el “aún”.

Monte Olimpo, casa de los dioses griegos.

Recordemos que esa cima de lo Olímpico, es también el espacio geo-simbólico donde habitan los dioses griegos y donde según cuenta la mitología, sólo los dioses pueden habitar, porque, aunque en algunos momentos existen figuras similares, sólo unos pocos pueden asirse de ser nombrados “Olímpicos”.

Siendo estos, quienes han logrado vencer el tiempo.

Recordemos, de nuevo, que los dioses olímpicos llegaron a serlo en un momento particular cuando Zeus, ese primero, ese supremo, es quien hace el “ser dioses” posible cuando vence al tiempo, engañándolo y tomando ventaja de sus espacios.

Una roca envuelta en pañales y estratégicamente colocada en la garganta de Cronos logra liberar a quienes se habitan en lo Olímpico. Maravillosa esta  escena de coraje y victoria que hemos aprendido a traducir en distintos idiomas, canales, superficies y que, sin embargo, se resiente “universal”.

Cada cuatro años, miles de cuerpos se reúnen para presenciar la puesta en escena de esta gran producción y su tan destacado elenco, el más talentoso de su época, recorriendo la arena de juego donde se lamentan las derrotas, se cantan las victorias, y se asciende a lo más alto.

Y es que resulta imposible separar al encuentro mismo de las leyendas que le dieron origen cuando se recuerda que todos sus aconteceres se inauguran siendo iluminados bajo el mismo fuego que fue robado en las metáforas que dan explicación al fenómeno más particular de nuestro reino mortal, este del fenómeno humano.

Uno no puede aspirar a lograr tal cometido jugando FIFA.

Solamente las representaciones apegadas a las formas de leyenda logran convertir al hombre mortal en dios Olímpico.

Dominar al tiempo en el agua o en las alturas, por la fuerza de los propios brazos y piernas; doblegar y aprovechar cada milímetro existente entre un microsegundo y el siguiente, son lo que dan forma a las escenas que inspiran al fenómeno humano a tal grado de nombrar a sus semejantes como “eternos”, fuera de los límites del tiempo, históricos e inmortales. Dioses. Olímpicos.

Quizás por eso en todo esto hay oro y plata, como hubo incienso y mirra en otros momentos.

Afortunados nosotros mortales que podemos aún maravillarnos ante la poética brutalidad de extender por milímetros y microsegundos lo que como especie nos es posible.

Que dicha, la de abandonarse ante la frugalidad de las metáforas y puestas en escena sobre dioses e inmortalidad.

Cuanta belleza existe aún en el espíritu humano que persevera ante el rostro del fin, de los límites del tiempo y el cuerpo.

Incalculable la esperanza que brindará al mundo una vez más ese fuego que fue robado, cuando se llegue el momento de volver a iluminarlo todo.

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