Reflejos, Desigualdad y las muchas pandemias en los mismos lugares

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Por Imanol Vazquez, Edición digital de Espacio Pv.
Egresado de la licenciatura en Psicología de la Universidad Iberoamericana Campus León, actualmente realizando la especialidad en Teoría Psicoanalítica. Imanol nos invita a ver las cosas y la cotidianidad desde una perspectiva filosófica y metafórica.

Ante el silencio, es que se aparecen quienes pretenden convertirse en los narradores de su tiempo y enunciar verdaderas las imposibilidades de su tiempo, creando así todo lo que resta, como posible. 

Ante la incertidumbre, la predicción y la especulación, son consumidos como fósforos fingiendo poder iluminar una caverna. Así es como vienen y van los expertos en materia, los especialistas y los líderes de opinión; uno tras otro, y tras otro, cuando se consume la luz del primero.

Luego de varios meses en la caverna que ha resultado ser este año, hemos escuchado todo tipo de juicios y aseveraciones sobre los alcances, extensiones y profundidades de cada sombra y matiz que vamos descubriendo en lo negro y en lo gris de nuestra realidad. 

Posiblemente ya has escuchado conversaciones así:

“… El covid no resiste el frío…; este experto sí es el bueno ahora sí…; no salgas ni a la esquina; ¡qué importa la economía ahorita…!; la pandemia durará tres años…; las hojas de eucalipto en el cubrebocas…; estas cremas y remedios son los buenos ahora sí…; la gente o se muere de covid o se muere de hambre…”

Chispazo, crujir de la llama, una tenue luz que encandece un par de segundos para morir al siguiente. Ante la oscuridad del encierro, nos encontramos a nosotros mismos desesperados por volver a sentir la certeza del sol sobre la piel, buscándolo en fogatas, condenados a creerlas incendios cósmicos. 

No hay predicciones finales. Hay (como escuché decir de una amiga) cosas imposibles, como las verdades. Solo existe la complejidad al momento de contemplar lo mucho que confundimos lo real contra lo poco que podemos alcanzar a vivir de ello. 

No hay una sola salida de la caverna, porque no hay dos cavernas iguales. 

No hay una sola pandemia, no hay un solo monstruo a vencer, no hay una sola cura. 

A lo largo de la historia humana hemos encontrado distintos momentos de incertidumbre, pestes y caídas de bolsa son solo un episodio más en la intrigante y desafortunada serie de acontecimientos que se recuentan en los anales de la humanidad, y una de las lecciones a comprender en la lectura de nuestros tropiezos, es que cuando se caen los imperios de los césares, y patricios, y proletarios, hay distintos modos de encontrarse con el suelo, porque no todos caen de la misma “altura” para empezar. 

Las llegadas de la naturaleza suelen compartir la cualidad de no distinguir por sobre quiénes se arremeten; la lluvia y la noche caen sobre todos los techos, así como los terremotos y volcanes destruyen todas las tierras. La gravedad tira de todos por igual, pero iguales no son quienes son tirados al momento de caer. 

Volviendo a las predicciones un momento, entiendo por qué resulta atractivo buscarle algún sentido a las trepidaciones económicas y sociales de nuestros tiempos al escuchar de una voz confiable la propuesta de algún tipo de futuro módicamente reconfortante y alineado a los intereses que se entienden arraigados como “propios”; la seguridad del país, la salud de la familia, el balance mensual de ingresos y egresos.

Sin embargo, mi punto aquí es que, si bien el miedo llega a todos los corazones por igual, las razones a proteger, las necesidades a cubrir, y los medios disponibles para hacer frente a esta intransigencia no se viven de la misma manera en nuestro contexto. 

La misma lluvia cae sobre distintos techos, cuando los hay.

Sucesos como la pandemia del coronavirus tienden a traer consigo la cualidad de no solamente crear panoramas fortuitos, sino de destacar las facetas más sensibles, imperfectas y en esencia determinantes de las sociedades y colectivos sobre quienes se acontecen. 

Uno de estos aspectos y, posiblemente, el factor principal que ha salido a relucir en nuestro atropellado año, ha sido la desigualdad económica y social que existe en nuestro contexto nacional y latinoamericano, además de la evidente desconexión entre los individuos que conforman los polos opuestos de estas estructuras. 

No hay una sola pandemia. Existe, como suele ser el caso, los modos de respuesta a los que tienen acceso algunos sectores de la población, y en la otra esquina todos los demás (ahí radica lo imposible de las únicas verdades).

Mientras un sector se preocupa por su inversión anual, millones pasarán la madrugada con el estómago vacío.  

Esta frase, resuena congruente con o sin coronavirus en la conversación, y ese es justamente el problema. Cuando las diferencias son tan claras, tan marcadas y determinantes, resulta imposible ignorarlas una vez que caen los telones y nos vemos a los ojos en medio de la misma caverna buscando encender fogatas. 

Ha habido en todas las pantallas expertos politólogos, filósofos, economistas y más voces elocuentes que han profanado con campana en mano el fin del capitalismo, el resurgir de tal o cual, la muerte de esto y de lo otro; la cura, vacuna o milagro que viene en el horizonte desde tierras lejanas; y algunos de ellos han advertido sobre las transformaciones económicas que han llegado “de la mano” con el “covi”; su opinión, en resumen: algunos nuevos millonarios, millones más que se enfrentarán a la miseria. 

El “problema” con realidades tan evidentes que se potencian al momento de responder ante la transformación es que resulta imposible ignorar lo evidentes que son en primer lugar. Ya sabíamos, pero nos hacíamos pendejos, pues. 

No necesito invocar ejemplos para recordarle al lector de esta cuestión, y menos en un contexto donde imágenes que reflejan de manera explícita esta relación suelen aparecer en portadas de revistas o hacerse virales en las redes cada cierto tiempo. 

Tampoco creo que el lector necesite esforzarse mucho para recordar las experiencias que ha experimentado de primera mano con la desigualdad y todos los sentimientos que logra despertar su cruda vivencia. 

Hemos visto esto antes. 

Creo que resulta pertinente pensar en las muchas ocasiones en las que posiblemente hemos atravesado el puente o la avenida que en nuestras ciudades hace evidente la diferencia, como barreras y límites entre las zonas bien-mal y su gente bien-mall.

Esto, además, no es un gran secreto, es bien sabido que en la edificación de las orbes urbanas los trazos y diseños de la disposición geográfica son deliberadamente segmentados perímetros y aristas como los espacios donde se opta por establecer un punto de aglomeración de lo “marginal”; de no ser así, y no existir detrás de esta misma decisión una serie de intereses pertinentes a grupos privados, políticos o delictivos por igual, el término “polígonos de pobreza” ni siquiera se alcanzaría a figurar, y su reapropiación a capricho por medio de la gentrificación simplemente es evidencia del mismo malestar.

El coronavirus no trajo consigo la desigualdad, es un problema que por siglos se ha manifestado en la vida latinoamericana, y que, a pesar de los dignos y nobles esfuerzos por erradicarla, persiste. 

En cambio, el virus llegó a tirar de todos por igual, moviendo las estructuras ya presentes, obligando a mirarnos los unos a los otros. 

Una vez que el humo se asiente y de las ruinas nos veamos obligados a reconstruir, debemos recordar las imposibilidades que hemos visto hacerse verdaderas en las vidas de los otros; quienes cuenten con el privilegio de sobrevivir al fin del mundo deberán rendir cuenta de las vidas que no lo hicieron, porque fueron testigos de ello. 

Ante el sufrimiento y el hambre, la historia nos ha enseñado la obligación moral que se instaura en sus sobrevivientes, y las transformaciones que esta sed de justicia logra alcanzar. 

Sin embargo, no quiero terminar en una nota de vaga esperanza o un mensaje motivacional barato. 

Si ha de existir una responsabilidad que se genere en quienes logren sobresalir de este momento, debe de ser instaurada principalmente porque, así como hemos visto esta representación del dolor humano, existen de igual manera los muchos ojos que nos vieron hacerlo, devolviendo la mirada desde un panorama contrario. 

Y ellos también pudieron notar las diferencias. 

Hemos visto, y hemos sido mirados. 

En los reflejos se construyen las posibilidades de la acción, y se estructuran las realidades. 

Por imposición nos hemos topado frente a frente con un espejo claro y cristalino de nuestra condición contemporánea. 

Las imágenes que se presentan así de evidentes, y con tal lujo de detalle, son las más difíciles de olvidar. 

Dejo este poema de Clint Smith, como cierre, quién como yo, cree en mejores futuros por los cuales es digno luchar. 

https://readwildness.com/19/smith-people

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