Repito sus nombres. El malestar Americano en tiempos de Pandemia

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Por Imanol Vazquez, Edición digital de Espacio Pv.
Egresado de la licenciatura en Psicología de la Universidad Iberoamericana Campus León, actualmente realizando la especialidad en Teoría Psicoanalítica. Imanol nos invita a ver las cosas y la cotidianidad desde una perspectiva filosófica y metafórica.

Tenía una idea sobre lo que quería decir en esta entrega del humilde rincón donde puede ser dicho esto de lo “mío”.

Tenía un discurso preparado, con tintes de humor y comentarios módicamente ilustrativos sobre la condición del problema que se vive actualmente en EUA frente a la pandemia del Sars-CoV-2.

Tenía las notas preparadas, las letras acomodadas, la postura crítica ante el fracaso de las instituciones por la muerte de más de cien mil personas en menos de cuatro meses bien planteada, el argumento en contra de la política de supresión de la administración en turno hacia las instituciones y programas fundados en la era Obama y su papel como principal factor en la pobre respuesta de esta crisis, siendo este a su vez un reflejo de la crisis identitaria que aún no logra resolver el incómodo vecino del norte; tenía las burlas de Trump bien armadas.

Pero el 25 de Mayo, escuché el nombre de George Floyd, y fui recordado de la verdadera epidemia que aqueja al “Ser Americano”, evidenciado como un fracaso de las instituciones por su labor en las millones de tumbas sin nombre a lo largo de cuatrocientos años.

No soy la portada del New York Times, pero repito su nombre. George Floyd.

Repito su nombre. Eric Garner.
Repito su nombre. Breona Taylor.
Repito su nombre. Ahmaud Arbery.
Repito su nombre. Emmett Till.
Repito su nombre. Alton Sterling.
Repito su nombre. Jesse Washington.
Repito su nombre. George Meadows.

Repito en silencio los ecos del pasado que nunca fueron nombrados y sin embargo resuenan.
Repito porque es preciso nombrar eso que ahoga y no deja respirar.

Tenía un discurso sobre las historias que se cuenta el Ser Americano a sí mismo, sobre como la pantalla plateada ha sido empleada para repetir la misma historia esa que todos conocemos, esa que no necesita enunciar ninguno de sus muchos nombres para ser conjurada en la memoria, donde existe un héroe y una chica en peligro, donde hay un extraño enemigo que llegó de alguna tierra lejana y busca tomar algo del Ser Americano que no le pertenece; por supuesto, nada que el héroe no pueda resolver reuniendo las armas más pesadas y retomando su libertad.

Nada existe en la naturaleza como límite de inacción para el Ser que posee los medios para domarle”, bella moraleja; y quienes por tanto, cuentan con los medios para relatar, deciden contar el mismo guión, una y otra vez, no es misterio que Hollywood se base en el re-make, posiblemente desde sus inicios nada le fue verdaderamente nuevo.

Podríamos pensar que entre tanto repetir se busca convencer a alguien de estas realidades.

Podríamos incluso decir que la historia de tan épicas batallas la construyen los vencedores.

E incluso podríamos ir más lejos, argumentando que las historias se hacen para mantener convencido al vencedor de su victoria.

¿Suena bien, no? Les digo, tenía un discurso bien armado para hablar de estos muchos temas.

Pero escuché el nombre de George Floyd.

Escuché los gritos en Minneapolis, y escuché al común “héroe” de las películas llamar a la masacre de su propia gente, “if the looting starts, the shooting starts”, twitteó el hombre que habita una casa color de blanco construida por esclavos.

Escuché N.W.A., por supuesto, y en mi intención por hablar de la representación como medio constitutivo de la identidad americana, de su aplicación histórica al servicio de un discurso de dominación; buscando cómo aprovechar unas pobres notas para darme sentido ante la rabia, recordé lo que se cuenta en la primera película en ser mostrada en la Casa Blanca, el “mito fundacional” de la pantalla americana.

La película “The Birth of a Nation” de 1915 por D.W.Griffith (vaya nombre profético), se encuentra basada en la novela de Thomas Dixon Jr “The Clansman”, en ambas producciones, se relata la tragedia vivida por un par de familias americanas los Stoneman y los Cameron, siendo esta última una familia sureña cuyos hijos son enviados a luchar en la Guerra Civil; el hijo de los Cameron siendo enlistado con el ejército confederado, es ultimadamente sentenciado a muerte, su madre ruega al presidente Lincoln por el perdón de la vida de su hijo pero este muere antes de tener por realizada la petición.

Con esto, tanto Griffith como Dixon hacían alusión a la muerte de un proyecto americano libre de consecuencias, donde debían existir represalias para suplantar las pérdidas heredadas de la Guerra Civil; recordando aquí al lector, que la principal “pérdida” para el hombre acaudalado (y blanco, evidentemente) de la época, fueron los títulos de propiedad sobre sus esclavos, y los cientos de beneficios que esta condición de “dueños” o “maestros” les otorgaba (acumulación de riqueza y territorio, acceso a derechos constitucionales dispares con los subyugados, etc.).

En la segunda parte de esta obra, es donde se presenta la alternativa que ambos autores proponen como solución restauradora del privilegio perdido, y de la identificación de culpables por la existencia de este “terrible” suceso.

Hacia la segunda mitad del filme, hombres afroamericanos son mostrados en sitios de poder económico, social y político, cuya estereotípica representación lleva a los protagonistas caucásicos a formar un pequeño clan alineado a sus intereses restaurativos de beneficios, dejo esta imagen de un intertítulo extraído de la película para que juzgue usted mismo sus intenciones.

Vemos en escena a un grupo de hombres, uniformados y apegados a la ley en su condición de grupo que sirve y protege al pueblo. Vemos como toman entre sus manos al evidente malhechor, con la noble intención de sustraerle en nombre de la paz que han perdido.

 

Entiendo si el lector se cuestiona sobre la pertinencia de hablar de una historia escrita en 1905, y no puede evitar hesitar en realizar la comparativa que evidentemente busco exponer en mis últimas líneas.

Entiendo el dolor que aqueja cuando se vuelve a contemplar la última fotografía de George Floyd sobre esta tierra, muy literalmente.
Entiendo lo incómodo de la realidad.

Entiendo también que la historia de los departamentos de policía americanos empezó en 1903 como un cuerpo de “Atrapa Esclavos” al servicio de las comisarías locales.

Entiendo el silencio que cae sobre mí incluso al teclear estas líneas.

Ahora que trato de establecer un argumento sobre un sistema históricamente jodido y sobre las representaciones que lo han perpetuado, la línea entre la realidad y la ficción parece difuminarse.

El 18 de Febrero de 1915, esta película fue mostrada en el Ala Este de la Casa Blanca. Me pregunto, ¿en qué Ala de la Residencia habrá estado Trump cuando twitteó llamando a una masacre de quienes protestaban en Minneapolis por la muerte de Floyd? Supongo que la historia tiene una manera peculiar de encontrar rimas entre sus tiempos.

Tengo este discurso sobre las historias que el Ser Americano se repite a sí mismo, tengo la intención de hablar sobre como en la pantalla americana “debe” existir en todo momento un enemigo, visible y oscuro, para poder sustentar la necesidad de unificarse hacia la conquista del otro, portando en propia mano ese “Destino Manifiesto” que otorga licencia para tomar por cualquier medio necesario todo aquello que resplandece “from sea to shinning sea”.

Pienso discutir (en este y en otros textos) como las lógicas imperialistas de la conquista y la fuerza son entendidas por los herederos vencedores como única moneda de intercambio en esta transacción. Pienso escribir sobre el profundo miedo que existe en las historias americanas por padecer el mismo mal que infringió, ese del extraño enemigo que llegó de alguna tierra lejana buscando tomar algo del Ser que no le pertenece.

Tengo discurso, e ideas y palabras junto con la plataforma para expresarlas y traer atención a situaciones de la realidad de una manera que entiendo como pertinente.

Tengo el privilegio de poder optar por alzar la voz sin que existan significativas represalias contra mi vida o la de los míos.

Muchos otros comparten este privilegio, muchos otros no.

Son miles los que pueden salir a las calles principales de Denver a exigir cortes de cabello y la apertura de bares, e incluso marchando hasta las plazas municipales portando armas de grado militar a sus espaldas sin percibir consecuencias.

Son miles los que cuentan otra historia.

La historia de la pantalla americana parece evidenciar la representación del Ser Americano como reprobable cuando se habita la condición de la negritud, de la “minoría”, de la cercanía a lo inferior y a la carencia arbitraria.

Y justo por esta razón, es que llega el turno de cambiar lo que se piensa decir, de contemplar la historia que sustenta nuestro lugar en mundo, de guardar silencio y de repetir sus nombres.

Repito su nombre. George Floyd.
Repito su nombre. Eric Garner.
Repito su nombre. Breonna Taylor.
Repito su nombre. Ahmaud Arbery.
Repito su nombre. Emmett Till.
Repito su nombre. Alton Sterling.
Repito su nombre. Jesse Washington.
Repito su nombre. George Meadows.

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